Mi perro y yo tenemos la suerte de que nuestros paseos pronto se alejan del asfalto, y él sabe que enseguida caminará sin correa cuando alcancemos los primeros olivos.
Es otoño, casi invierno. Esta noche ha llovido, pero la mañana, ya bien entrada, conserva un leve telón de bruma que se va disipando de forma visible. El sol ocupa su espacio pero todavía no calienta, y es el frescor el que limpia el paisaje, que aparece como recién lavado, transparente.
Mientras caminamos el silencio aumenta. Moscas, mosquitos, arañas o avispas ya murieron masivamente y solo nos acompaña y precede alguna pequeña bandada de gorriones que se van apartando a nuestro paso.
Pronto estamos rodeados de olivos y nuestros pasos se hacen más pausados. Caminar entre olivos produce en mí continuos instantes de asombro. Cada uno de ellos me invita a detenerme para contemplarlo, y parece querer contarme una historia distinta.
Los hay que muestran en sus retorcidos troncos el paso del tiempo que los ha ido moldeando con formas que nadie podría diseñar. Unos crecen y se muestran iguales a sus vecinos y hermanos. Otros persisten en lugares y posiciones que parecen improbables adaptándose y moldeándose con tesón y paciencia, mientras otros muestran su juventud y lozanía como aprendices de lo que serán.
Todos hablan del tiempo detenido, de las generaciones que han visto pasar desde que alguien los plantara, y pese a su aspecto inmutable nos dejan ver claramente el reflejo de las manos del hombre al cual están ligados desde hace miles de años. No hablaremos de sus frutos y de lo que representan para nuestra cultura y nuestra economía, pero se dice, y es cierto, que en su relación con el ser humano, es sin duda, nuestro árbol más generoso y agradecido. El olivo muestra en muy poco tiempo los frutos del cuidado que se le quiera prestar.
Ahora, con su cosecha cambiando de color, aparecen con su misma elegante modestia de siempre. Deformados y quizá más humildes que en todo su ciclo. Elegancia y belleza que parecen querer ocultar. Elegancia verdadera que es la que persiste y se mantiene a lo largo de las estaciones y el tiempo.
Volvemos a casa, mi perro y yo, quizá pensando en cosas parecidas. Llenos de la paz de la que nuestro árbol preferido es símbolo y un poco contagiados de aquella fortaleza de ánimo.
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