Opinar, lo dijo Platón, es la expresión de ciertos conocimientos, sobre todo del mundo de las sensaciones o de la propia experiencia, que se almacenan en el alma.
Partiendo de tal definición se podría decir entonces que, además de un derecho que a todos nos corresponde, opinar es algo más que hablar de algo sobre lo cual, en demasiadas ocasiones, no tenemos ningún conocimiento. Cualquiera de nosotros puede, sin ningún pudor, expresar su opinión sobre las sensaciones que se producen en su mente al escuchar una maravillosa sinfonía, al contemplar un magnífico cuadro u otra obra de arte, y por supuesto, al beber un buen vino.
El vino no es un mero producto industrial, es un producto artesano, motor en el desarrollo y expansión de culturas y para él se pide su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y como tal debe ser disfrutado. No es solo una bebida, sino algo que riega todas las demás artes: literatura, cine, gastronomía, etc.
El vino ha de servirse a la temperatura y en la copa adecuadas, pero el resto de factores: ambientales, lumínicos o emocionales, afectan solamente a aquel que lo bebe. La memoria, el estado físico o anímico, una cierta predisposición, o la propia capacidad de percepción organoléptica, hacen que dos degustadores tengan distintas sensaciones y distintas palabras para adjetivar un mismo vino.
Queda reconocido así, que el aroma y el sabor de un vino se definen, sobre todo en el cerebro, más allá de la apreciación puramente sensorial. Este hecho ha dado lugar a la aparición de un nuevo término: la neuroenología. Expertos catadores, formadísimos profesionales e incluso los mismos productores se afanan en desarrollar métodos y herramientas que permitan responder a este dilema en materia de análisis sensorial. Para ello recomiendan que la cata se haga sin prejuicios, prescindiendo de nuestros recuerdos y percepciones propias.
Sin embargo, nada más lejos de lo que aquí recomendamos para el aprecio y disfrute de un vino. Absténganse de leer las sugerentes notas de cata que nos ilustran en cada botella. Para elegir un vino no hay recetas, y la opinión que realmente vale es la de nosotros mismos. Puede valernos o no, la opinión de otros, pero son precisamente estos, los prejuicios que debemos evitar.
Goza el vino de una gran ventaja cuando de él se opina, ya que es en si mismo generador de emociones, impresiones y sensaciones. Cada uno es distinto y en ellos se nos ofrecen muy diversos matices, muchas veces difíciles de definir, incluso para los más formados catadores profesionales.
El vino está hecho para ser compartido y no cabe duda de que siempre sabe mejor en buena compañía. Al ser saboreado nos evoca el terruño y el olor del paisaje recién vendimiado. Nada como sus aromas para despertar en nosotros inesperadas vivencias y sensaciones guardadas.
Siempre nos quedarán muchos vinos por probar. La oferta es inmensa. Los hay muy buenos y los hay menos buenos, distintos tipos de uva, también distintos precios, pero ante todo ello, no nos queda otra alternativa que seguir descubriéndolos y disfrutándolos siempre que tengamos la ocasión.
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